jueves, 10 de abril de 2008

Del mito de Hilas y las ninfas al tema de la dama del lago: una pervivencia secular


Un mito griego poco conocido es el de Hilas y las ninfas. Podemos recordarlo aquí. Después de que Hércules matara al rey Tiodamante y venciera a su pueblo, se enamoró de su hijo Hilas, un joven de gran belleza. Este lo acompañó en la célebre expedición de los Argonautas. Habiendo hecho una escala de la travesía en Misia, Heracles se ocupó en talar unos árboles para construir remos mientras que los otros miembros de la expedición se ocuparon en tareas diversas. Hilas recibió el encargo de ir por agua a un lago, donde habitaban las ninfas. Cuando estas lo vieron llegar, quedaron prendadas al instante de su belleza. Lo atrajeron hacia el lago hasta el punto que cayó y murió ahogado, siéndole conferida al instante la inmortalidad. Entretanto, sus compañeros habían levado anclas, quedando en el lugar Hércules, quien en vano buscó, presa de la desolación, a su compañero. Como sospechara de los misios, les ordenó que iniciaran la búsqueda del efebo, que naturalmente resultó infructuosa. Mucho tiempo después, esta búsqueda mítica había adquirido el rango de fiesta ritual: los sacerdotes misios marchaban en procesión al monte cercano y gritaban por tres veces el nombre de Hilas.
Este mito fue rescatado en 1896 en una espléndida pintura del pintor inglés John William Waterhouse (1849-1917):


El lienzo recoge el momento en que Hilas, seducido por las ninfas, se encuentra en la antesala de su destino. Podemos relacionar este mito con un tema perteneciente al folclore europeo que ha tenido éxito literario desde la Edad Media. Se trata del tema de la dama del lago. Consiste en una hermosa mujer que encarna un espíritu maléfico que seduce a quien se aproxima a sus orillas y lo arrastra consigo hacia la profundidad de las aguas y de la muerte. Espiguemos algunas huellas de este tema, a todas luces relacionable con el mito que nos ocupa.

Lo encontramos en primer lugar en la novela medieval de caballerías El Caballero Cifar (una mujer de gran belleza sale del fondo de las aguas de un lago para seducir al caballero y llevarlo al fondo de sus aguas, donde hay un reino encantado).

Página del manuscrito de El Caballero Cifar (siglo XIV)

El romance de Manuel José Quintana (1772-1857) La fuente de la mora encantada ofrece también una clara analogía con el tema tratado:

Oye, Silvio, ya del campo
Se va a despedir la tarde,
Y no es bien que aquí la noche
Con sus sombras nos alcance.

Ya el redil busca el ganado,
Ya se retiran las aves,
Y en pavoroso silencio
Se ven envueltos los valles.

Y tú en tanto embebecido,
Sin atender ni escucharme,
Las voces con que te llamo
Dejas que vayan en balde.

¿Qué haces, Silvio, en esa fuente?
¿Tan presto acaso olvidaste
Que los padres nos la vedan,
Que la maldicen las madres?

Mira que llega la hora;
Huye veloz y no aguardes
A que el encanto se forme,
Y que esas ondas te traguen.

¡Vente!... Mas ya no era tiempo:
La fascinadora imagen
Reverberaba en las aguas
Con sus encantos mortales.

Como ilusión entre sueños,
Como vislumbre en los aires
Incierta al principio y vaga
Se confunde y se deshace;

Hasta que al fin más distinta
En su apacible semblante
De sus galas la hermosura
Hace el más vistoso alarde.

La media luna que ardía
Cual exhalación radiante
Entre las crespas madejas
De sus cabellos suaves,

Mostraba su antiguo origen
Y el africano carácter
De los que a España trajeron
El alcorán y el alfanje.

Mora bella en sus facciones,
Mora bizarra en su traje,
Y de labor también mora
La rica alfombra en que yace,

Toda ella encanta y admira,
Toda suspende y atrae
Embargando los sentidos
Y obligando a vasallaje.

Mirábala el pastorcillo,
Entre animoso y cobarde,
Queriendo a veces huilla
Y a veces queriendo hablalle;

Mas ni los pies le obedecen
Cuando pretende alejarse,
Ni acierta a formar palabras
La lengua helada en las fauces.

Sólo la vista le queda,
Para mirar, para hartarse
En el hermoso prodigio
Que allí contempla delante.

Ella al parecer dormía;
Mas de cuando en cuando al aire
Unos suspiros exhala
De su seno palpitante,

Que en deliciosa ternura
Convierten luego y deshacen
El asombro que su vista
Causó en el primer instante.

Y abriendo los bellos ojos
Tan bellos como falaces,
A él se vuelve, y querellosa
Le dice con voz suave:

-«¿Viniste al fin? ¡Qué de siglos
De esperanzas y de afanes.
Me cuestas! ¿Dónde estuviste
Que tanto tiempo tardaste?

Mírame aquí encadenada
Por la maldición de un padre
A quien dieron las estrellas
Su poder para encantarme.»

«Vive ahí, me dijo irritado,
Ten esa fuente por cárcel,
Sé rica, pero sin gustos,
Sé hermosa, pero sea en balde.

Enciéndante los deseos,
Consúmante los pesares,
De noche sólo te muestres
Y el que te viere se espante.

Y pena así hasta que encuentres,
Si es posible que le halles,
Quien ahí osado se arroje
Y entre esas ondas te abrace.»

Ya otros antes han venido,
Que, pasmados al mirarme,
El bien con que les brindaba
Se perdieron por cobardes.

No lo seas tú: aquí te esperan
Mil delicias celestiales,
Que en ese mundo en que vives
Jamás se dan ni se saben.

Ven, serás aquí conmigo
Mi esposo, mi bien, mi amante;
Ven...» y los brazos tendía
Como queriendo abrazarle.

A este ademán, no pudiendo
Ya el infeliz refrenarse,
En sed de amor abrasado
Se arroja al pérfido estanque.

En remolinos las ondas
Se alzan, la víctima cae,
Y el ¡ay! que exhaló allá dentro
Le oyó con horror el valle.

Estamos ante un poema de transición entre el Neoclasicismo y el Romanticismo. Quintana, como buen ilustrado, se resiste a abandonar los cauces formales del Neoclasicismo, pero el Romanticismo está en el ambiente, inundándolo todo con su nueva estética y su nuevo cromatismo, y ello es perfectamente visible en nuestro texto. La recuperación de la leyenda popular, la presencia arábiga, la mágica captación de una atmósfera de ensoñación y misterio, el metro corto y el nuevo vocabulario ("suspiros", "palpitante") son indicios claros de que nos encontramos en las puertas de una nueva sensibilidad.

El caso más claro de pervivencia de este tema en la literatura española aparece en la conocida leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) Los ojos verdes, cuyo texto es posible encontrar aquí. También está disponible la versión en audio. El protagonista de esta leyenda, Fernando, es seducido por un oscuro espíritu femenino lacustre, y arrastrado al fondo de las aguas hasta perecer ahogado, como mucho tiempo atrás le había ocurrido a su remoto antecesor Hilas a manos de las ninfas.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Se trata de un análisis profundo y riguroso. ¡Enhorabuena al autor!

Anónimo dijo...

A mí también me parece muy completo. Me ha gustado esa conexión entre el mito clásico y la leyenda de la dama del lago. Muy novedoso.

mocadele dijo...

Por si no lo conoces, te dejo un enlace para que puedas ver el mosaico romano de Hylas y las Ninfas que se conserva en el Museo de León, procedente de una villa rural. El Museo tiene una publicación monográfica sobre él.
http://www.artehistoria.jcyl.es/histesp/obras/18124.htm
Saludos